Cuando mi abuelita paterna –Lolita– tenia nueve años, vivía en un pequeño pueblo en Guadalajara donde su papa se dedicaba la ganadería, teniendo una pequeña cantidad de vacas. En esa época sucedió la locura petrolera al norte del país, específicamente en el estado de Tamaulipas, creando muchos empleos que eran muy bien pagados por la compañía nacional PEMEX. Al enterarse de eso, el padre de Lolita pudo ver una oportunidad para mejorar la calidad de vida de su familia, ya que los ingresos de su pequeño negocio no eran suficiente para mantener a sus cinco hijos. Una tarde, convencido de que irse a Tamaulipas era la mejor opción, el padre de Lolita le comunico a su madre que partían de Guadalajara, poco importaron las excusas y quejas de la esposa, ya que dos semanas después la familia entera partía a un nueva aventura, lejos de familiares, amigos o si quiera algún conocido. Recién llegados a su nuevo hogar, la familia Arteaga estaba un poco inquieta con el cambio, pero después de unos meses se adaptaron por completo a su nueva vida.
Mi abuelita asistía a una escuela de monjas, donde solo podían asistir niñas. Ella, junto con su hermana mayor, Cuquita o como la llamaba de cariño “cucarachita”, eran la sensación de la escuela y enseguida hicieron muchas amigas. Todas las tardes, después de salir de clases, iban a casa y ayudaban a preparar la comida, después de comer bordaban junto con su madre y en las noches leían pasajes de la biblia u otros libros en familia. No tenían televisión, ni siquiera pensar de computadoras o internet, en ese tiempo todo era en familia, jugar al aire libre, bordar y leer un buen libro. Conforme pasaron los años, los Arteaga prosperaban en aquella región tan alejada de casa, Lolita se hizo una adolescente y con ello llegaron mas cambios en su vida. El primero y el mas difícil de todo fueron las responsabilidades, tenia que ayudar a su madre a mantener en control en la casa, en total eran tres hermanas así que el trabajo estaba repartido; una barría, otra preparaba la comida, otra lavaba platos, tender camas, etc. No tenían muchacha que les ayudara con el que-hacer, ya que, como su madre les decía – “con tanta mujer en la casa, para que queremos muchacha”. El otro cambio fue con respecto a sus estudios, estudiar la preparatoria no era algo muy común para las chicas en su época así que decidió estudiar la carrera técnica de enfermera, todo esto mientras tenia un trabajo de medio tiempo en una farmacia. Sin duda había momentos donde se las veía negras y renegaba, pero aun así, mi abuelita me conto que jamás en su vida le levanto la voz a sus padres, ellos siempre eran la mayor autoridad y se les respetaba, incluso tenia que hablarles de “usted”.
A pesar de todo eso, aun había tiempo para disfrutar; cada sábado en la noche se realizaban las tertulias donde iban a bailar y a pasar tiempo con sus amigos, los hermanos mayores de mi abuelita siempre la vigilaban (a ella y a sus otras dos hermanas) cuidando que ningún chico se les acercaba. Pero aun así, con todo y guardaespaldas, había unos cuantos enamorados que les mandaban cartas por medio de sus amigas, declarándoles su amor. Al contar esto, ví un brillo particular en los ojos de mi abuela, cuando narraba como su enamorado iba a visitarla a su casa y platicaba con sus padres, hasta que un día decidió pedirle permiso a su papa de que Lolita fuera su novia (¡¡incluso antes de pedírselo a ella!!); así fue como tuvo su primer novio, con el que iba al parque agarrada de la mano y al que tal vez le dio su primer beso. Sin embargo, tuvieron que pasar otros dos novios mas, hasta que conociera al indicado; Jesús Guerrero Montes de Oca era viudo, tenia seis hijos y también trabaja en PEMEX, hombre guapo de ojos verdes, voz grave y personalidad fuerte. Yo nunca lo conocí, pero cuando mi abuela hablaba de él, me doy cuenta que lo amaba e incluso me atrevo a decir que lo que mas le gustaba de el eran sus - “grandes ojos como aceitunas”-. Se conocieron cuando ella tenia 19 años, ya trabajaba como enfermera y era muy hermosa, siempre trataba de estar a la moda, con vestidos que muchas veces ella confeccionaba en la maquina de cocer que su madre tenia. Desde un principio el la deslumbro, era quince años mas grande, pero había algo en su personalidad que le daba un aspecto muy jovial. Poco importo su edad y sus hijos o su juventud e inmadurez, ambos quedaron flechados el uno del otro. Al principio, el padre de mi abuela se negaba a que salieran juntos, pero la persistencia de “Don Jesús”, como ella lo llamaba, fue suficiente para convencer a su padre de que el era bueno para Lolita y para convencer a Lolita que el era él hombre de sus sueños.
Al año ya estaban casados, a pesar de que Jesús ya tenia seis hijos de su anterior matrimonio con una señora llamada Doña Josefina -quien murió de cáncer de mama gracias a la falta de prevención de la época- estos ya eran mayores muchos incluso ya estaban casados, así que decidió formar una nueva familia con Lolita. Compro una casa nueva, cerca del pozo donde trabajaba en el pueblo de Reventadero, Veracruz y así comenzaron su nueva vida. Don Jesús trabajaba en el pozo y tenia tierras con ganado, así que le daba una buena vida a Lolita, quien aun así ejercía de la enfermera del pueblo, aplicando vendajes, inyecciones, etc. El primer año vivieron muy tranquilos, en el pueblo no había luz así que las noches usaban quinqués para alumbrar. La cocina estaba fuera, no tenían estufa, sino que usaban leños para cocinar y parrillas. La casa sigue aun en pie, esa casa donde creció mi papa y mis tíos; antes de mudarme a Querétaro, solía ir todos los fines de semana a disfrutar con la familia. Es una casa muy grande y de un diseño algo antiguo, solo un piso con techo muy alto, no hay pasillo que conecten los cuartos, en total cuatro mas la sala; antes de la remodelación, el baño estaba afuera, la regadera estaba separada del baño, la cocina estaba al aire libre. Pero lo mejor de la casa es el corredor, que da al hermoso patio que cuenta una fuente y varios rosales. Decía mi abuelita que todas las tardes a las cinco en punto, salía a los sillones del corredor con mi abuelito y tomaban café recién hecho, al mismo tiempo que conversaban sobre la vida.
Después del primer año de matrimonio, también llego el primer hijo, esa persona a la que hoy en día le llamo tío Jesús, nombrado en honor a mi abuelito. Aun me cuesta creer que mi abuela dio a luz con una partera, pero mas me cuesta creer que lo hizo en su casa, sin embargo nunca tuvo complicaciones y fue también de esta manera como llegaron otros cinco hijos: Pedro, Sergio (mi padre), Socorro, Ramón y Elvia. La vida que llevaban era muy completa, mi abuelito, cuya pasión era la casería, iba por lo menos una vez al mes a matar venados y creo que fue en esta época cuando adquirió ese enorme cuadro del cazador matando un venado que aun cuelga en la sala de la casa de Reventadero; el era una persona admirable, respetado por todos en el pueblo, con unos hijos en crecimiento, un buen trabajo y una esposa encantadora. Sin embargo, antes de que Elvia, su hija menor, cumpliera un año de haber nacido, Jesús sufrió de un ataque al corazón que termino con su vida. Creo que este es el momento en que la vida de mi abuela cambio por completo, ya que se convirtió en madre soltera. Cuando esto paso mi papa tenia seis años, pocos son los recuerdos que tiene de su padre, sin embargo siempre dice –“tal vez no tuve padre, pero si mucha madre”-. Una mujer fuerte, que saco a sus hijos adelante, les dio carrera y futuro, siempre recordando los valores que la vieron crecer. Muchas veces, cuando pienso en ella, los ojos se me llenan de lagrimas pues me cuesta creer que hoy en día ya no esta con nosotros, mas su recuerdo, su historia y enseñanzas, permanecerán siempre en mi corazón. Te quiero Lolita.